El 1 de octubre de 2026, un ataque en la Escuela Secundaria General número 13, en Torreón, Coahuila, dejó como saldo la muerte de la subdirectora y cuatro personas lesionadas. Por la agresión fueron señalados dos hermanos de 18 años, exalumnos del plantel.
Las autoridades investigan posibles vínculos de los jóvenes con comunidades digitales que admiran a personas responsables de ataques en escuelas y con grupos que glorifican la violencia. Entre las líneas de investigación también se ha mencionado una posible relación con comunidades incel.
En declaraciones difundidas públicamente, su madre los describió como jóvenes tranquilos que pasaban gran parte del tiempo en su habitación utilizando el celular, mientras que su abuela señaló que desde hacía tiempo le preocupaba el uso que hacían del dispositivo. Además, medios reportaron el hallazgo de un aparente pacto de sangre con las frases: “La vida no tiene valor cuando no eres nadie” y “Odio al mundo”.
Este caso nos invita a poner atención en una pregunta importante: ¿qué contenidos están consumiendo nuestros jóvenes en internet y qué ideas están aprendiendo a normalizar?
Estos testimonios, por sí solos, no explican lo ocurrido. Sin embargo, el caso abre una discusión sobre los entornos digitales que frecuentan niñas, niños y adolescentes, los mensajes a los que están expuestos y la manera en que determinadas comunidades pueden normalizar el odio y la violencia.
¿Qué pasa cuando la frustración, el rechazo y la soledad se convierten en odio hacia las mujeres?
En internet existen comunidades que pueden transformar estos sentimientos en una forma de pensar que justifica la discriminación, el desprecio e incluso la violencia.
A estos espacios se les relaciona, en algunos casos, con la comunidad incel, una palabra que viene del inglés involuntary celibate, que significa “célibe involuntario”. El término describe a personas que desean tener una relación afectiva o sexual, pero sienten que no pueden conseguirla.
Por sí solo, sentirse solo, experimentar un rechazo o no tener pareja no convierte a alguien en una persona peligrosa. El problema aparece cuando ciertos grupos convierten esas experiencias en resentimiento y promueven la idea de que las mujeres tienen la culpa, les deben afecto o merecen ser castigadas por rechazarlos.
Amnistía Internacional ha advertido sobre los riesgos de la radicalización misógina en internet y sobre la manera en que los entornos digitales pueden amplificar discursos de odio. Cuando estos contenidos se presentan como bromas, se repiten constantemente o reciben reconocimiento dentro de una comunidad, pueden contribuir a normalizar actitudes discriminatorias y violentas.
¿Qué pueden hacer las familias?
La prevención comienza mucho antes de que exista una situación de riesgo. No se trata de tener miedo a internet ni de vigilar cada movimiento de nuestros hijos, sino de acompañarlos, conocer su entorno digital y construir una relación en la que puedan hablar de lo que sienten y de lo que ven en línea.
Algunas acciones que pueden ayudar son:
- Interesarse por su mundo digital. Preguntar qué plataformas utilizan, qué contenidos les gustan y qué comunidades siguen, sin convertir cada conversación en un interrogatorio.
- Hablar sobre el rechazo y las relaciones. Ayudarles a comprender que nadie está obligado a corresponder a sus sentimientos y que una negativa debe respetarse.
- Cuestionar los discursos de odio. Conversar sobre los mensajes que humillan, culpan o deshumanizan a las mujeres o a cualquier otro grupo.
- Escuchar sin minimizar sus emociones. La soledad, la frustración y el rechazo pueden ser difíciles de manejar. Escuchar y acompañar permite buscar formas saludables de afrontarlos.
- Tomar en serio las señales de riesgo. Las amenazas concretas, la intención de lastimar a alguien o la admiración persistente por ataques violentos requieren atención y apoyo. Si existe un peligro inmediato, hay que buscar ayuda de emergencia y avisar a las personas responsables de la seguridad.
Maestros: una pieza clave para la prevención
La prevención no termina en casa. Las escuelas también son espacios fundamentales para identificar situaciones que podrían afectar el bienestar de niñas, niños y adolescentes. Los maestros y el personal educativo conviven diariamente con sus estudiantes y pueden notar cambios importantes en su comportamiento o en la forma en que se relacionan con los demás.
Maestros: estar atentos también es una forma de cuidar. Los cambios persistentes en el comportamiento, el aislamiento, las expresiones constantes de odio hacia otras personas, el acoso o los comentarios que justifican la violencia son situaciones que vale la pena atender, sin sacar conclusiones apresuradas ni etiquetar a los estudiantes.
¿Qué pueden hacer desde las aulas?
- Observar y escuchar. Prestar atención a cambios persistentes en la convivencia, el estado de ánimo o la manera de relacionarse.
- Crear espacios de confianza. Promover conversaciones donde los estudiantes puedan expresar sus preocupaciones sin miedo a ser ridiculizados o juzgados.
- Hablar sobre el respeto y la empatía. Trabajar habilidades socioemocionales, igualdad, resolución pacífica de conflictos y uso responsable de internet.
- Buscar apoyo cuando sea necesario. Ante amenazas concretas, mensajes que anuncien posibles agresiones o señales de riesgo, seguir los protocolos escolares y acudir a las autoridades correspondientes. No es necesario investigar por cuenta propia ni enfrentar la situación sin acompañamiento.
Si eres docente, no ignores una señal de alerta, pero tampoco conviertas una sospecha en una etiqueta. Acércate, escucha y busca apoyo. Una intervención oportuna puede ayudar a que un estudiante reciba la orientación que necesita y a mantener un entorno seguro para toda la comunidad escolar.
Educar para prevenir también es acompañar
Las redes sociales pueden ser espacios de convivencia, aprendizaje y apoyo, pero también pueden acercar a niñas, niños y adolescentes a comunidades que alimentan el resentimiento, justifican la discriminación o presentan la violencia como una manera de obtener reconocimiento.
Hablar de estas comunidades no significa etiquetar a los jóvenes ni asumir que sus dificultades emocionales los convierten en una amenaza. Significa entender que necesitan herramientas para manejar sus emociones, construir relaciones respetuosas, resolver conflictos y reconocer cuándo un entorno digital puede estar influyendo negativamente en su manera de ver a otras personas.
La familia, la escuela y la comunidad tienen un papel importante en este proceso. Escuchar, orientar y enseñar a relacionarse desde el respeto también son formas de prevención.
No se trata de vigilar por miedo, sino de acompañar para prevenir. Porque educar para prevenir también significa ayudar a niñas, niños y adolescentes a distinguir entre los espacios que les ofrecen apoyo y aquellos que alimentan el resentimiento y el odio.
