¿Por qué solemos pensar qué, si estamos tristes no podemos reírnos y que si somos bastantes productivos no podemos sentirnos tristes?

La capacidad de cumplir con las responsabilidades, mantener buenas calificaciones, convivir con otras personas o sonreír frente a los demás no descarta la presencia de depresión. En ocasiones, detrás de una vida que parece funcionar con normalidad puede existir un malestar emocional profundo que pasa desapercibido.

La falsa normalidad

En una sociedad que suele valorar la productividad y la capacidad de resolverlo todo es importante recordar que la depresión no siempre se manifiesta igual, no siempre es con lágrimas o aislamiento; en algunas personas, los síntomas conviven con la capacidad de continuar sus actividades. 

Pueden mantener una apariencia de normalidad pero al llegar a casa, lejos de las exigencias sociales o laborales, el agotamiento puede ser demasiado intenso; enfrentan cansancio, dificultades para dormir, pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban, descuido de la higiene personal en el espacio privado y pensamientos sumamente negativos sobre sí mismos.

Esta aparente normalidad también puede retrasar la búsqueda de apoyo psicológico o médico. Cuando una persona continúa cumpliendo con sus obligaciones, tanto ella como las demás personas de su entorno pueden minimizar lo que siente, bajo la idea de que, si puede trabajar, estudiar o convivir, entonces no está mal.

¿Por qué pueden diagnosticarte con depresión? 

Las causas de la depresión son complejas e involucran factores biológicos, psicológicos y ambientales. Las relaciones familiares, el entorno escolar o laboral, las experiencias estresantes y las pérdidas pueden influir en la salud mental. En algunos casos, una situación especialmente difícil puede intensificar síntomas que ya estaban presentes, haciendo más evidente un sufrimiento que durante mucho tiempo pasó desapercibido.

La depresión también afecta a adolescentes y puede expresarse de maneras distintas según la etapa de desarrollo. En lugar de una tristeza evidente, algunos jóvenes presentan irritabilidad constante, cambios de conducta, dificultades para concentrarse, cansancio o molestias físicas, como dolores de cabeza. En adolescentes, la depresión puede presentarse como un chico que cumple con todo, pero que explota de la nada por frustración o está constantemente irritable.

Una investigación plantea que en la población hispánica, la depresión se experimenta frecuentemente en términos somáticos, más que experimentar sentimientos de culpa o de ánimo bajo. Los profesionales deben tener en cuenta que los adolescentes hispanos deprimidos pueden presentar dolores de cabeza, síntomas gastrointestinales y cardiovasculares, o quejas de “nerviosismo”.

“Es que si te sientes así no puedes hacer eso”

Considerar la depresión una señal de debilidad o creer que basta con tener una actitud positiva puede impedir que una persona reconozca su necesidad de apoyo. Escuchar sin juzgar, tomar en serio los cambios persistentes de comportamiento y facilitar el acceso a atención profesional son pasos importantes para acompañar a quienes la experimentan. Reconocer el problema sin prejuicios puede ser el primer paso para que adolescentes y adultos reciban la ayuda que necesitan.

Por eso, en Sociedad Educadora trabajamos para fortalecer las habilidades socioemocionales de niñas, niños y adolescentes desde pequeños, porque aprender a reconocer lo que sentimos, expresar nuestras emociones y pedir ayuda cuando lo necesitamos también es parte de crecer. Brindarles estas herramientas desde la infancia les permite afrontar los retos de la vida diaria, construir relaciones saludables y cuidar su salud mental. Porque prevenir también es enseñarles que sus emociones importan y que no tienen que enfrentar todo solos.

Sociedad Educadora. Educar para prevenir.

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Fuentes:

Rey, J. M., Bella-Awusah, T. T., & Liu, J. Depresión en niños y adolescentes. Manual de Salud Mental Infantil y Adolescente de la IACAPAP. Asociación Internacional de Psiquiatría del Niño y el Adolescente y Profesiones Afines. https://iacapap.org/_Resources/Persistent/883344f93c51becb1a17259846a99aa88abdc7ec/E.1-Depresi%C3%B3n-Spanish-2017.pdf

¿Qué pasa cuando la frustración, el rechazo y la soledad se convierten en odio hacia las mujeres? 

En internet existen comunidades que pueden transformar estos sentimientos en una forma de pensar que justifica la discriminación, el desprecio e incluso la violencia.

A estos espacios se les relaciona, en algunos casos, con la comunidad incel, una palabra que viene del inglés involuntary celibate, que significa “célibe involuntario”. El término describe a personas que desean tener una relación afectiva o sexual, pero sienten que no pueden conseguirla.

Por sí solo, sentirse solo, experimentar un rechazo o no tener pareja no convierte a alguien en una persona peligrosa. El problema aparece cuando ciertos grupos convierten esas experiencias en resentimiento y promueven la idea de que las mujeres tienen la culpa, les deben afecto o merecen ser castigadas por rechazarlos.

Amnistía Internacional ha advertido sobre los riesgos de la radicalización misógina en internet y sobre la manera en que los entornos digitales pueden amplificar discursos de odio. Cuando estos contenidos se presentan como bromas, se repiten constantemente o reciben reconocimiento dentro de una comunidad, pueden contribuir a normalizar actitudes discriminatorias y violentas.

¿Qué pueden hacer las familias?

La prevención comienza mucho antes de que exista una situación de riesgo. No se trata de tener miedo a internet ni de vigilar cada movimiento de nuestros hijos, sino de acompañarlos, conocer su entorno digital y construir una relación en la que puedan hablar de lo que sienten y de lo que ven en línea.

Algunas acciones que pueden ayudar son:

  • Interesarse por su mundo digital. Preguntar qué plataformas utilizan, qué contenidos les gustan y qué comunidades siguen, sin convertir cada conversación en un interrogatorio.
  • Hablar sobre el rechazo y las relaciones. Ayudarles a comprender que nadie está obligado a corresponder a sus sentimientos y que una negativa debe respetarse.
  • Cuestionar los discursos de odio. Conversar sobre los mensajes que humillan, culpan o deshumanizan a las mujeres o a cualquier otro grupo.
  • Escuchar sin minimizar sus emociones. La soledad, la frustración y el rechazo pueden ser difíciles de manejar. Escuchar y acompañar permite buscar formas saludables de afrontarlos.
  • Tomar en serio las señales de riesgo. Las amenazas concretas, la intención de lastimar a alguien o la admiración persistente por ataques violentos requieren atención y apoyo. Si existe un peligro inmediato, hay que buscar ayuda de emergencia y avisar a las personas responsables de la seguridad.

Maestros: una pieza clave para la prevención

La prevención no termina en casa. Las escuelas también son espacios fundamentales para identificar situaciones que podrían afectar el bienestar de niñas, niños y adolescentes. Los maestros y el personal educativo conviven diariamente con sus estudiantes y pueden notar cambios importantes en su comportamiento o en la forma en que se relacionan con los demás.

Maestros: estar atentos también es una forma de cuidar. Los cambios persistentes en el comportamiento, el aislamiento, las expresiones constantes de odio hacia otras personas, el acoso o los comentarios que justifican la violencia son situaciones que vale la pena atender, sin sacar conclusiones apresuradas ni etiquetar a los estudiantes.

¿Qué pueden hacer desde las aulas?

  • Observar y escuchar. Prestar atención a cambios persistentes en la convivencia, el estado de ánimo o la manera de relacionarse.
  • Crear espacios de confianza. Promover conversaciones donde los estudiantes puedan expresar sus preocupaciones sin miedo a ser ridiculizados o juzgados.
  • Hablar sobre el respeto y la empatía. Trabajar habilidades socioemocionales, igualdad, resolución pacífica de conflictos y uso responsable de internet.
  • Buscar apoyo cuando sea necesario. Ante amenazas concretas, mensajes que anuncien posibles agresiones o señales de riesgo, seguir los protocolos escolares y acudir a las autoridades correspondientes. No es necesario investigar por cuenta propia ni enfrentar la situación sin acompañamiento.

Si eres docente, no ignores una señal de alerta, pero tampoco conviertas una sospecha en una etiqueta. Acércate, escucha y busca apoyo. Una intervención oportuna puede ayudar a que un estudiante reciba la orientación que necesita y a mantener un entorno seguro para toda la comunidad escolar.

Educar para prevenir también es acompañar

Las redes sociales pueden ser espacios de convivencia, aprendizaje y apoyo, pero también pueden acercar a niñas, niños y adolescentes a comunidades que alimentan el resentimiento, justifican la discriminación o presentan la violencia como una manera de obtener reconocimiento.

Hablar de estas comunidades no significa etiquetar a los jóvenes ni asumir que sus dificultades emocionales los convierten en una amenaza. Significa entender que necesitan herramientas para manejar sus emociones, construir relaciones respetuosas, resolver conflictos y reconocer cuándo un entorno digital puede estar influyendo negativamente en su manera de ver a otras personas.

La familia, la escuela y la comunidad tienen un papel importante en este proceso. Escuchar, orientar y enseñar a relacionarse desde el respeto también son formas de prevención.

No se trata de vigilar por miedo, sino de acompañar para prevenir. Porque educar para prevenir también significa ayudar a niñas, niños y adolescentes a distinguir entre los espacios que les ofrecen apoyo y aquellos que alimentan el resentimiento y el odio.

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