Si los adolescentes ya no están tomando alcohol, ¿qué están consumiendo entonces?

 

En los últimos años, algo ha cambiado en el consumo adolescente. Los datos nacionales lo muestran y el trabajo en campo lo confirma: la intención de consumo de alcohol y otras sustancias tradicionales ha disminuido. A primera vista, esto podría parecer una buena noticia. Sin embargo, en Sociedad Educadora pronto entendimos que esa lectura, por sí sola, no era suficiente.

No porque los datos sean incorrectos, sino porque no alcanzan a explicar el nivel de malestar emocional que estamos observando en las nuevas generaciones.

Lo que hemos observado desde 2022

Al comparar cómo iniciamos en 2022 y cómo se encuentran hoy las distintas generaciones de niñas, niños y adolescentes que han participado en el taller Momento de Decisión, observamos reducciones concretas y consistentes en la intención de consumo de las sustancias que históricamente han sido de inicio. No se trata de los mismos participantes a lo largo del tiempo, sino de cohortes distintas que, año con año, ingresan a primaria alta y secundaria y reciben el taller en momentos clave de su desarrollo.

Este análisis generacional nos permite identificar un cambio de tendencia: cada nueva generación con la que trabajamos presenta una menor intención de consumo que la generación anterior, bajo un mismo enfoque preventivo.

En términos concretos, los resultados muestran que:

 

Estos datos reflejan algo más que menos intención de consumo: muestran un cambio en la forma en que las y los estudiantes evalúan el riesgo y toman decisiones. A lo largo de estos años hemos confirmado que, cuando se fortalecen las habilidades socioemocionales, se reconocen los factores de riesgo y de protección y se analizan situaciones reales de presión social, la decisión de consumir deja de ser automática.

¿Por qué esta lectura no es suficiente?

Aun con estos avances, hay una realidad que no podemos ignorar: estamos frente a generaciones que presentan un mayor padecimiento en términos de salud mental.

Por primera vez, la ENCODAT incorpora un apartado amplio sobre salud mental, lo que permite dimensionar la magnitud del problema a nivel nacional. Los resultados muestran que las y los adolescentes presentan mayores niveles de malestar psicológico que la población adulta y concentran las prevalencias más altas de:

  • Ideación suicida,
  • Intentos de suicidio,
  •  y exposición a violencia física, emocional o sexual.

Estos indicadores son todavía más elevados en mujeres adolescentes, quienes también reportan mayores niveles de malestar psicológico en comparación con los hombres.

Este cruce de información es fundamental: aunque la intención de consumo de ciertas sustancias disminuya, el malestar emocional va en aumento. Y cuando el malestar crece, el riesgo no desaparece; busca otras formas de expresión.

El consumo que no se ve

Durante estos años de trabajo continuo, mientras los indicadores tradicionales bajaban, comenzamos a identificar otro fenómeno en escuelas y espacios educativos: cada vez es más difícil identificar cuándo un adolescente está consumiendo algo.

Hoy el consumo no siempre tiene olor, no deja señales evidentes y no se asocia necesariamente con una sustancia reconocible. Puede ser silencioso, cotidiano y socialmente aceptado, lo que dificulta su detección temprana.

Sustancias que no parecen sustancias

Uno de los focos de alerta más claros es la aparición de productos que no se perciben como drogas, pero que activan mecanismos de dependencia.

Los nicotine pouches, por ejemplo, son pequeñas bolsas de nicotina que se colocan en la encía. No generan humo, no dejan olor y permiten consumir sin ser detectados, lo que los vuelve especialmente atractivos para adolescentes.

A esto se suman las llamadas “barritas energéticas”, de las que hemos empezado a escuchar directamente a estudiantes de secundaria. Las mencionan como productos que consumen porque “les dan energía”, pero no saben con claridad qué contienen, en qué dosis ni qué efectos pueden provocar. Justamente por eso, desde Sociedad Educadora hemos comenzado a indagar con mayor profundidad de qué se trata este consumo, qué productos están circulando y cómo están siendo percibidos por niñas, niños y adolescentes. El consumo ocurre sin información, sin conciencia y sin una percepción clara de riesgo, lo que lo vuelve especialmente preocupante.

La adicción que no deja rastro físico

Paralelamente, está identificada otra forma de consumo que rara vez se nombra como tal: la dependencia a redes sociales y plataformas de juego.

No se trata únicamente del tiempo frente a la pantalla. Se trata de dinámicas diseñadas para generar recompensa inmediata, permanencia constante y dificultad para desconectarse. En niñas, niños y adolescentes con altos niveles de ansiedad, tristeza o estrés, estas plataformas se convierten en espacios para evadir o regular el malestar emocional.

Plataformas como Roblox concentran estímulos constantes, interacción social y refuerzos inmediatos. No dejan rastro físico, pero sí impactan el sueño, la atención, la regulación emocional y la toma de decisiones.

El verdadero riesgo hoy

Hoy no siempre sabemos identificar qué está consumiendo un adolescente. Puede no ser alcohol, puede no ser una droga ilegal, pero sí puede estar cumpliendo la misma función: aliviar, estimular, desconectarse o escapar del malestar.

Y cuando hablamos de niñas, niños y adolescentes que presentan mayores niveles de ideación suicida, exposición a violencia o malestar psicológico, el consumo silencioso se vuelve todavía más riesgoso.

Prevenir hoy exige mirar el malestar, no solo la sustancia

Los resultados que hemos observado desde 2022 confirman que la prevención basada en habilidades funciona. Pero también nos dejan claro que no basta con medir cuánto alcohol se consume.

Necesitamos entender qué está ocupando su lugar, especialmente en contextos donde el padecimiento emocional es cada vez mayor.

Por eso, desde Sociedad Educadora, estamos comenzando a profundizar la investigación sobre estas nuevas formas de consumo silencioso, aquellas que no siempre se nombran, no siempre se ven y no siempre se regulan, pero que están profundamente vinculadas con la salud mental de las nuevas generaciones.

Porque cuando el malestar crece,
el consumo no desaparece: cambia de forma.

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¿Qué presente le estamos garantizando a nuestras infancias en México?

 

Cuando una niña de diez años da positivo a fentanilo después de comer un tamal, el problema ya no puede explicarse como un accidente. Tampoco como un hecho aislado. Es una señal de alerta que obliga a mirar de frente una realidad incómoda: las infancias en México están creciendo en entornos cada vez más expuestos a la violencia y a las drogas, incluso en los espacios más cotidianos.

El 17 de febrero de 2026, siete niñas y niños de entre dos y once años resultaron intoxicados en Huauchinango, Puebla, luego de consumir tamales comprados en un puesto ambulante. La mayoría fue dada de alta tras recibir atención médica, pero una niña permaneció hospitalizada al confirmarse la presencia de fentanilo en su organismo. Una sustancia diseñada para uso médico altamente controlado, hoy convertida en uno de los opioides más letales que circulan de manera ilegal.

Ese dato, por sí solo, debería bastar para detener cualquier intento de minimizar lo ocurrido.

Cuando hablar de “accidentes” deja de tener sentido

Con frecuencia, hechos como este se explican desde la lógica del descuido o la mala fortuna. Se habla de errores, de fallas humanas, de situaciones extraordinarias. Sin embargo, cuando se observa el contexto completo, esa narrativa empieza a resquebrajarse.

No estamos ante un alimento simplemente en mal estado ni frente a una reacción inesperada del cuerpo de una niña. Estamos ante la presencia de una droga sintética de altísimo riesgo, una sustancia que hoy circula con tal normalidad que ha logrado infiltrarse incluso en los espacios más comunes de la vida diaria. Un entorno donde una infancia debería estar protegida, no expuesta.

La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cómo ocurrió y se transforma en algo mucho más inquietante: ¿por qué es posible que ocurra?

Puebla no es una excepción

El caso de la niña intoxicada con fentanilo no es un hecho aislado ni exclusivo de una región del país. En los últimos años, distintos estados han registrado situaciones similares que muestran un patrón preocupante.

Recordemos que el año pasado, en Sinaloa, específicamente en el municipio de nueva creación, Eldorado, al menos catorce niñas y niños resultaron intoxicados tras consumir alimentos durante un convivio escolar que posteriormente dieron positivo a metanfetaminas. A ello se suma un contexto aún más grave: el aumento sostenido de la violencia letal contra menores de edad.

De acuerdo con datos de la Comisión Estatal de Derechos Humanos y de la Fiscalía General del Estado, alrededor de 100 niñas, niños y adolescentes permanecen desaparecidos, mientras que los homicidios de menores aumentaron de 58 casos en 2023 a 90 en 2025, en su mayoría cometidos con armas de fuego. Estas cifras no son abstractas: representan vidas interrumpidas, familias devastadas y comunidades enteras marcadas por la normalización del miedo.

No es solo Culiacán. Es México.

Cuando se observan estos hechos en conjunto, resulta evidente que no se trata de una crisis localizada. La intoxicación de menores con drogas sintéticas, el aumento de homicidios infantiles y la exposición cotidiana a la violencia no distinguen fronteras estatales.

Hablar de “casos aislados” se vuelve insostenible cuando los mismos patrones se repiten en distintos puntos del país, con distintas sustancias, pero con las mismas víctimas. Las infancias y juventudes mexicanas están creciendo en un entorno donde el riesgo se ha vuelto parte del paisaje.

Las fallas que no podemos seguir ignorando

Esta realidad pone en evidencia fallas profundas. Fallas en la protección efectiva de niñas, niños y adolescentes. Fallas en las estrategias de prevención de adicciones, que no alcanzan a responder a la velocidad con la que se expanden las drogas sintéticas. Fallas en la seguridad de los espacios comunitarios, escolares y familiares.

Pero también revela algo más inquietante: la normalización de lo inaceptable. La idea de que la violencia y las drogas son un problema inevitable, algo con lo que simplemente hay que aprender a convivir.

No basta con investigar los hechos cuando el daño ya está hecho. No basta con deslindar responsabilidades una vez que una niña ha sido hospitalizada o un niño ha perdido la vida. Garantizar el bienestar de las infancias no es un tema secundario ni una promesa a largo plazo: es una obligación urgente.

Porque cuando una niña termina intoxicada con fentanilo, cuando un niño muere por una bala, cuando una adolescencia se pierde entre la violencia y las drogas, la pregunta deja de ser qué pasó.

La pregunta es otra, mucho más incómoda y necesaria:

¿Qué presente y qué futuro les estamos garantizando a nuestras infancias en México?
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